martes, 24 de agosto de 2010

Plancha quemada


Esta es una historia real, le paso al amigo de un conocido de la hermana de la ex novia de un primo lejano. Se llamaba Fernando. Acababa de cumplir los treinta años y estaba recién completamente recuperado de una intervención quirúrgica que había tenido un mes atrás. Un día caminando por un parque cerca a su casa mientras leía un periódico, se tropezó -literalmente- con Elizabeth –que iba leyendo un catálogo de Ebel-, una chica de veintisiete años que vivía a unas cuadras de aquel lugar. Mientras se incorporaban, no pudieron evitar verse fijamente. La atracción entre ellos dos fue mutua y bastante intensa desde ese momento. Es decir, quién no se sentiría atraído por esa mujer de ojos verdes, cabello largo y oscuro, piel bronceada y un cuerpo firme y bien proporcionado. Y Elizabeth vio en Fernando al tipo de hombre que describía cuando le preguntaban “¿cómo es tu hombre ideal?” Luego de intercambiar un par de palabras y risas se auto-presentaron y fueron a tomarse un café por ahí –por iniciativa de Fernando que solía ser bastante mandadaso-. Con el transcurso de los días empezaron a salir periódicamente y cada vez que se veían la atracción creía más y más. Al cabo de una semana eran una pareja oficialmente.



No sé como habrá visto Elizabeth a Fernando, pero la visión que él tenía de la relación es que era algo pasajero. Es decir, si bien esa mujer le atraía demasiado, realmente no estaba enamorado de ella. Se llevaban muy bien, la respetaba bastante y todo, pero el afecto que sentía por ella no era precisamente romántico, pero sí bastante lascivo. Y es que aquella mujer pese a tener esa expresión inocentona en el rostro era una diosa del sexo, una completa ninfómana cuyos movimientos de cadera en la cama serían envidiados por cualquier odalisca, incluso por la mismísima Shakira.



La verdad es que su relación tenía cimientos bastante superficiales, pero para ellos funcionaba bien. La mayor parte del tiempo la pasaban en la cama de él, o la de ella o la de algún hotel cercano. Y en ocasiones donde la economía no les ayudaba y la calentura era demasiada, un parque poco concurrido en la oscuridad de la noche podía ser el escenario ideal. Además, les fascinaba poder hacerlo en un lugar público. Esos dos tenían la líbido de unos conejos en celo.



En fin, el caso es que a unos meses de comenzada la relación, Fernando recibe una llamada siniestra.



-Alo, ¿amor?



-Hola, Eli. ¿Cómo estás?



-Preocupada, querido. Pucha, tengo que hablar contigo de algo muy importante.



-¿Qué pasó?



-Tengo que decírtelo por persona.



-Dime por aca, no hay problema.



-No, mejor no.



-Dime no más.



-No.



-Dime no más.



-No… me viene.



-¡¿Qué?!



-No me viene… Tengo retraso.



-¿Es una broma?



-¡Es en serio! ¿Cómo crees que voy a bromear sobre eso?



-Ok, que raro. Hay que hacer un test, a ver si de verdad es lo que parece. Compro uno y voy a tu casa.



-Listo, mi vida. Gracias. Te espero.



Fernando iba caminando a la casa de Elizabeth luego de haber comprado el test de embarazo, pensando que es lo que tendría. Era imposible que estuviese embarazada. Imposible. A no ser que…



Luego de hacerse el test de embarazo, el resultado fue el temido. Elizabeth estaba embarazada.



-Amor, salió positivo.



-¿En serio?



-No, es broma… ¡Claro que es en serio idiota! Esto no es un juego.



-Ya veo…



-¿Y qué vamos a hacer?



-No lo sé, tu dirás.



-Supongo que lo vamos a tener, ¿no? Es decir, no sería capaz de abortarlo.



-¿Si? ¿Por qué no? A mí me parece una buena opción –responde Fernando fríamente.



-¿Qué? ¿Qué te pasa? ¿Acaso serías capaz de matar a tu propio hijo?



En ese momento Fernando no pudo evitar esbozar una sonrisa.



-¿Qué tienes? ¿Por qué te ríes?



-Lo siento, es que acabo de recordar algo muy gracioso.



-Que poca madurez, Fernando. Esto no es una broma, no es un juego. No deberías tomarlo tan a la ligera.



-Pues sí, no es un juego Elizabeth. No deberíamos tomarlo tan a la ligera. Por ahora debo irme, pero conversemos en unos días sobre qué es lo que podemos hacer sobre esto.



Diciendo esto se fue.



Estando en la calle, no pudo evitar reírse. Fue caminando tranquilamente hasta su casa sabiendo cual sería la próxima jugada que haría.



La cirugía a la que se hizo mención al inicio, esa a la que Fernando había sido sometido un mes antes de conocer a Elizabeth, fue una vasectomía.



La razón por la que en un inicio al tener relaciones con Elizabeth usaba condón era para prevenir algún tipo de enfermedad por transmisión sexual –uno nunca sabe-. Pero las últimas semanas no lo había hecho. Elizabeth se aprovechó de esta situación. En realidad esa mujer estaba embarazada, pero el hijo no podía ser de él. Le tendió una trampa. Pero afortunadamente, tenía como contrarrestarla.



En el transcurso de los días, sólo se comunicó con Elizabeth por vía telefónica y se mantenía firme en su opinión de que aborte –en realidad lo hacía con el fin de exasperarla- y ella le seguía contradiciendo escandalizada. Mientras tanto, fue donde el médico que le realizó la operación y consiguió un certificado. Además fue a una notaría para acreditar la veracidad del certificado e incluso mandó a hacerse un análisis de su semen para certificar –también con copia notariada- que, en efecto, disparaba balas de salva. Finalmente, fue donde un amigo suyo que era abogado para que este escriba una carta donde se declaraba que había visto los documentos y estaba preparado para litigar a su favor y que además insistía en una prueba de ADN para asegurar que el bebe no era suyo.



Una vez reunidos todos los documentos, fue a casa de Elizabeth.



-¿Y bien, ya decidiste que vas a hacer?



-Ya te dije que no lo voy a abortar. Y tú también vas a tener que hacerte responsable.



-¿A sí?



-¡Por supuesto que sí! ¡Es tu hijo! No puedo creer que seas tan insensible –le increpa al borde de las lágrimas.



-¿Y estás segura que el bebe es mio?



-¿Qué? ¿Qué mierda tienes imbécil? ¡Por supuesto que es tuyo! ¿Acaso crees que soy una zorra que se acuesta con cualquiera, infeliz? ¡Eres un cobarde que quiere eludir sus responsabilidades!



-Ya veo… Por cierto, hay algo que quiero que veas –le dice Fernando alcanzándole el certificado médico de la operación.



Elizabeth se quedó en silencio por un momento y la expresión de su rostro cambió completamente. Pero al cabo de un rato regresó a su estado anterior diciendo que ese certificado era falso.



-No, son verdaderos –le dijo mientras le alcanzaba el certificado de su análisis de esperma-. Además tengo una carta de mi abogado. Básicamente dice que está preparado para representarme judicialmente y que insistirá en una prueba de ADN con lo que se comprobará que el hijo no es mío… Te jodiste –le dice sonriente mientras le alcanza la carta.



Elizabeth leyó los documentos detenidamente, analizando cada punto, tratando de encontrar alguna inconsistencia, alguna evidencia de falsedad. Pero no fue así. Su engaño se había desbaratado y se había mostrado quien era realmente. Fernando contó mentalmente “10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1…” Súbitamente la zorra rompió en llanto. Fernando simplemente tomó los documentos de entre las manos de esa mujer y salió de su casa sin voltearse a verla. Había en el una mezcla extraña entre enojo y satisfacción, pero casi nada de lastima.



Meses después se enteró que ella llegó a tener el bebe y que el padre era un bueno para nada adicto a la cocaína. Aparentemente ella lo había engañado con ese fulano un sin número de veces. Escuchó que luego de tener el hijo, él la dejó por otra. Era muy triste la verdad, pero ella misma se lo había buscado.



Fernando empezó otra relación y le va bastante bien hasta ahora. Incluso hay planes de boda. Pero él aún mantiene su vasectomía en secreto y conserva los documentos notariados. Uno nunca sabe.

Por Mario Bazzetti