lunes, 24 de mayo de 2010

Gracias por los recuerdos (parte 4)


Y Paola se casó. Fue algo inesperado, pero Flavio sabía que tarde o temprano pasaría –claro que cuando imaginaba al novio era muy parecido a él, pero ni modo. Encendió un cigarro y se puso a pensar en cómo había resultado la vida últimamente para ambos, más aún pensó en todas las cosas que vivieron juntos, en toda la historia que ambos escribieron en aquel momento de sus vidas. Pero sobre todo pensó en aquella vez que la conoció. Habían pasado varios años, pero sin embargo lo recordaba todo tan claramente, como si todo hubiese ocurrido ni si quiera ayer, sino hoy en la mañana luego del desayuno.

Hacía frio esa noche. El otoño acababa de llegar –un poco más tarde de lo esperado- y las hojas marchitas en el suelo de la calle eran la firma que dejaba. Flavio salió un poco más abrigado que de costumbre para evitar que la gripe que tenía se complique y termine la noche tosiendo un pedazo de alguno de sus pulmones. Una amiga suya se hacía más vieja ese día y había organizado un tono en su casa, así que iba a reunirse con unos amigos para unos previos y luego ir al otro lado. Cuando llegó a casa de Cesar, este le abrió la puerta con una lata de cerveza en la mano y le hizo pasar. Dentro estaban Gino y Ricardo, sentados en la sala.

-A la hora que llegas, loco –le increpa Gino.

-Pucha, sorry. Se me hizo tarde terminando un trabajo.

-Ya fue, no hay roche. Coge una chela antes de que se enfríe.

-Gracias. ¿En qué estaban?

-Ahí… Ricardo que contaba sus experiencias “sobrenaturales” –se burla Cesar luego de secar completamente su lata.

-Jajaja ¿sí? ¿Cómo es eso? –pregunta Flavio.

-Nada, sino que hace unos cinco días tuve un sueño medio extraño que se hizo realidad. Fue raro, loco. Pasó exactamente como lo soñé. Estos dos huevones no me creen. ¿Te ha pasado algo así alguna vez?

-Pucha eso de que se haga realidad no, pero anoche tuve un sueño muy vívido. Era bastante real, como si estuviese despierto. Pero ahorita no recuerdo muchos detalles, salvo una jato blanca de dos pisos, una iglesia y una flaca pero no la recuerdo bien. No era alguien que conozca, pero en el sueño era alguien bien importante para mí. Recuerdo que me besó, pero justo ahí me desperté. Justo cuando se ponía interesante. Lo raro es que cuando desperté tenía una sensación como de nostalgia…

-¿Qué mierda hacen contando que soñaron, huevones? Ni que fueran sueños húmedos con Mila Jovovich. Vamos de una vez que se hace tarde. Quiero ver si encuentro alguna flaca por ahí ahora –interrumpe Cesar.

La música envolvía completamente la casa de Karla -sí, con “K”. Es una aclaración que ella siempre hacía respecto a su nombre. Según ella era algo que la hacía original-. Música, alcohol y mujeres. Era todo lo que Cesar necesitaba para ser feliz, así que ni bien llegaron, se perdió de vista. Flavio se quedó con Gino y Ricardo tomando un par de tragos mientras conversaban de cualquier cojudez que les venía a la cabeza.

Ricardo alzaba la vista entre la gente de rato en rato, esperando encontrar el rostro de cierta mujer que pensaba –y esperaba- que estaría ahí. Vivía babeando por esa chica, pero las cosas no resultaban bien con ella. A pesar de haber sido miserablemente choteado más de tres veces, seguía intentando, fiel al castigo con la esperanza de que “el que la sigue la consigue”. Lamentablemente, eso iba a ser muy difícil, ya que aquella chicha en cuestión –para quien Ricardo era dulce y virginal- en esos momentos estaba pasada de tragos y revolcándose con un fulano que acababa de conocer. Golpe bajo.

Gino, por otro lado, estaba más relajado. En ese momento gozaba de un estado de tranquilidad emocional. Le era indiferente si en ese momento le salía algún plan con una chica o no, se tomaba las cosas como venían y punto. Había ido a divertirse con sus patas y esa era la idea de pasarla bien esa noche.

Flavio, por otro lado, había salido hace poco de una relación que acabó mal y estaba terminando de reconstruir la estructura de su músculo palpitante en el pecho que, en ese entonces, aún era una especie de mazamorra, una masa inconsistente. Además, siempre fue demasiado tímido con las mujeres. Fue su ex enamorada la que tuvo la iniciativa de iniciar la relación, así como de terminarla.
Sin embargo esa noche ocurrió algo diferente. Cuando por obra del azar –o el destino si es que realmente existe algo así- trasladó su vista del cigarro que acababa de apagar en un pedazo del enorme jardín interior en el que estaba, al patio de la casa que hacía las veces de pista de baile improvisada y la vio.

Aquel tímido y pajero Flavio no dudó un instante esta vez y caminó hacia ella como atraído por una fuerza magnética enorme que lo llevó a sortear a toda la gente que bailaba y hablaba –más bien, gritaba-, hasta llegar a ella y darse cuenta de que no tenía la más mínima idea de que decirle –o balbucearle-. Instintivamente, optó por no decir absolutamente nada, ya que todas las frases que cruzaron su cabeza le parecieron demasiado trilladas –o ridículas-, y la sacó a bailar. Ella pudo haberlo tratado como un insecto molesto y asqueroso que intentaba clavarle el aguijón y mandarlo a la mierda en el acto, pero él no tuvo temor de pasar esa palta. Y gracias a dios, no fue así. Sea como fuere, allí estaban los dos moviéndose al compás de una canción pegajosa de ese entonces.

Y fue así como se conocieron. Ella le dijo su nombre y a cambio él durmió esa noche pronunciándolo, ella le regaló una sonrisa y él la soñó durante noches enteras. Fue un cursi amor a primera vista. La química que apareció de repente entre los dos fue única. Esa noche, Flavio era otra persona por el sólo hecho de estar al lado de la recién conocida Paola que, por extraño que fuese, ya se iba instalando en su cabeza y bajaba a través de las venas para algún día terminar de destruir aquella masa amorfa que latía en su pecho.

El resto de la noche Flavio olvidó a sus amigos y Paola a las suyas para que pudieran seguir compartiendo las horas que pasaban. Eventualmente, ella debió marcharse junto al resto de gente que iba abandonando la casa cuando las horas pasaron y se acabo el licor. Al despedirse, ella le dio el número de su celular, esperando que aquel encuentro entre los dos no sea el único. Mientras él la observaba irse, la voz de Ricardo lo saca de su admiración, cambiando su apariencia de baboso por la de un hombre lúcido.

-¡Bien ahí, brother!

-¡Jaja! ¿Dónde están los demás?

-Afuera, ya nos quitamos todos. ¿Quién era la flaca? Está fuerte, loco.

-La acabo de conocer hoy. Se llama Paola.

-Está bien, brother. Aprovecha, aprovecha… Me parece haberla visto en algún lado, pero no recuerdo bien…

-¿Sí? Qué raro… Una cara así no la olvidaría fácilmente. Aunque fácil la debes haber visto. Es amiga de Karla. Tú manyas más a sus amigos que yo.

-Es cierto. Oe, ya vamos yendo de una vez. Me cago de sueño.

Ni bien Flavio se lanzó sobre su cama se quedó profundamente dormido. Volvió a tener el sueño que le contó a Ricardo y a los demás horas antes. Aquella casa blanca cuya puerta observaba fijamente, como esperando algo, aquella calle que ya había visto antes estando despierto, aquella iglesia en la esquina de una cuadra y aquella mujer que estaba de pie frente a él cerca a la puerta.

Pero esta vez pudo ver mejor su rostro.

“Así que tú eras la chica de mis sueños”, pensó mientras sonreía entre ronquidos. No sabía que esa mujer, tiempo después, se convertiría en su todo.

Mientras tanto, en otro lado, Paola acababa de colgar el celular y lo arrojó lejos –una conversación telefónica desagradable con otro fulano, Alejandro- mientras se echaba en su cama. Tenía muchas cosas dando vueltas en su cabeza, pero una idea nueva acababa de integrarse: aquel tipo que acababa de conocer esa noche y que había llamado bastante su atención. No sabía que tiempo después se enamoraría perdidamente de aquel sujeto.

Ninguno de los dos sabía que esto era el preludio de su sinfonía agridulce.

“La vida siguió”, pensó Flavio. “Fue algo bueno mientras duró, pero ahora son sólo viejas historias, recuerdos y nada más.”

Dadas las circunstancias, sólo quedaba una última cosa por hacer...

¿Continuará?

Por Mario Bazzetti

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