sábado, 15 de mayo de 2010

Gracias por los recuerdos (parte 2)


Cuando Paola y Flavio se conocieron en aquella fiesta, hubo una química innegable desde el comienzo. Era como si una fuerza de la naturaleza los atrajese mutuamente desde que sus ojos se cruzaron por primera vez. Quizás sea tonto hablar de un amor a primera vista, pero era algo bastante fuerte de todos modos.

Se vieron días después de aquella noche y salieron un par de veces a caminar por las calles de aquella ciudad mientras que con cada conversación iban empezando a conocer un poco más de aquellos complejos universos que encerraban dentro de sí mismos, a veces acompañados con una botella de vodka y otras veces era sólo la niebla y uno que otro perro o gato que cruzaba la banca del parque donde se sentaban el único testigo del tiempo que compartían.

Una noche, mientras caminaban juntos rumbo a casa de Paola, ella se detuvo en la esquina de una calle vacía, en la espalda de una iglesia de mormones. Flavio la miró fijamente a los ojos, esos ojos que decían algo que las palabras no expresaban. Y se besaron. Fue algo instintivo, repentino, pero ambos lo deseaban hacía algún tiempo.

Las ocasiones siguientes en que se vieron, todo transcurría como si nada. Es decir, seguían siendo amigos, no había entre ellos dos una relación digamos “formal”. Salían como amigos, hablaban, reían, se divertían, iban al cine, se visitaban mutuamente muy seguido, salían a alguna fiesta, se seguían besando cada vez que se veían y más de una vez –más de mil veces- las manos de Flavio se perdían debajo de la ropa de Paola, pero no eran enamorados. Es más, nunca tocaron el tema en alguna conversación. No les parecía realmente necesario. Eran una especie de “amigos con derechos”. Y la verdad es que les funcionaba bastante bien. La relación que mantenían era de puta madre y eso era algo que ninguno de los dos podría negar jamás. Además, Flavio se sentía cómodo en esa situación, ya que nunca había tenido una relación estable con nadie y le gustaba disfrutar de cierta libertad. No quería rendirle cuentas a nadie sobre nada.

Pero hubo una inquietud que Flavio empezó a tener algunas semanas después. Algunas llamadas que ella prefería no contestar cuando estaba junto a ella, algunas veces que cancelaba sus encuentros en el último momento, entre otras cosas. Había algo extraño. Pero no era algo que le obsesionase. Se tomaba las cosas con calma.

Un día, Flavio se encontró con Ricardo, un amigo suyo. Él también estuvo presente el día que conoció a Paola y le había parecido conocida, pero no conseguía recordarla.

-¡Habla, brother! ¿Cómo estás?

-¡Ricardo! Bien, loco ¿cómo andas?

-Ahí, relajado. Estaba de camino a la casa de Paola. Habíamos quedado en vernos.

-Ah ya veo. Loco, ¿recuerdas que la otra vez te dije que me parecía haberla visto antes?

-Claro. ¿Qué fue?

-Pucha, la otra vez me pareció verla cerca a mi jato con un pata que vive por ahí también. Estaban bastante “cariñosos”, ¿entiendes? No sé si fue ella o fácil me habré hueveado, pero ten cuidado por si las moscas.

-Manya… Ok, loco. Gracias por el dato –respondía un sorprendido y dubitativo Flavio.

Unos minutos más tarde, estaba en casa de Paola. No había nadie más en la casa. Mientras se besaban apasionadamente sobre el sofá de la sala, el celular de ella empezó a sonar.

-¿Quién es, ah? –pregunta Flavio, que nunca antes había optado por hacerlo.

-Es Alejo –dice ella colgando el celular-. Tengo que decirte algo. Tengo enamorado –decía Paola desviando su mirada.

-Ya veo –dice Flavio disimulando la sorpresa que igual lo cogió pese a las advertencias de Ricardo-. ¿Cuánto tiempo van juntos?

-Dos meses.

-O sea cuando nos conocimos ya estabas con él.

-Sí, pero las cosas con él van de mal en peor. No sé si seguir con él.

-Entiendo –responde Flavio, aunque no lo hacía del todo.

-Pucha, fácil debí decírtelo antes. Fui una cojuda, sorry. La verdad, por favor disculpame.

-No… no te preocupes. Creo que debo irme.

Mientras él salía de su casa, ella lo seguía hasta la puerta. Flavio pensaba en que había hecho mal. Un pobre iluso estaba siendo cachudaso por obra y gracia de él, aunque bueno, suya no era toda la culpa. En verdad la gustaba esa chica –y demasiado-, pero si tenía enamorado era mejor evitar que las cosas sigan como están. No le dolió demasiado en realidad, pero era una situación bastante incómoda.

Cuando estaba en el umbral de la puerta principal, ella se acercó para despedirse. Cuando la vio tan cerca y se perdió en sus ojos, no pudo evitarlo y la volvió a besar con más ímpetu que antes, para luego hacerle el amor sobre el sofá.

“¡Qué chucha! Si ya la cagamos, vamos a cagarla bien”, pensó.

La situación actual se mantuvo. Ella siguió siendo enamorada de Alejo y sacándole la vuelta con Flavio que se lo tomaba todo muy deportivamente. No tenía miedo de ninguna represalia que el otro pudiese tomar en su contra –sabiendo que el patita en cuestión tenía cierta fama de energúmeno- y tampoco se preocupaba por ser él quien resultase mal parado de la situación. Pensó que podría mantenerse seguro emocionalmente.

Craso error, craso error.

Los días se hicieron semanas y las semanas meses. Supieron mantener su amor furtivo oculto de modo que las cosas no se compliquen para ambos. Durante ese tiempo, siguieron viéndose y manteniendo la relación que tenían tal y como estaba. Para Flavio, pese a que le gustaba demasiado aquella mujer, no estaba templado. Era sólo una chica que le gustaba demasiado, eran sólo amigos con algún beneficio, era sólo sexo y amistad –cómo si ambas cosas fuesen fácilmente compatibles-. Pero a medida que pasaba el tiempo y la conocía más, a medida que iba adentrándose a su vida y ella a la de él, Flavio no pudo evitar empezar a sentir algo más por ella. Había empezado como algo casual, casi un juego y terminó convirtiéndose en algo mucho más fuerte, algo que ya no le era posible controlar. Había empezado a amar cada cosa de ella, sus virtudes, sus aciertos, sus errores, sus defectos. Quizás por eso optó por seguir con las cosas como estaban. Prefería tenerla aunque sea de esa manera a no ser parte de su vida.

Ya era tarde: había comenzado a enamorarse perdidamente de esa mujer que en realidad mantenía una relación con otro sujeto. “¿Por qué con ese y no conmigo?”, se sorprendió pensando más de una vez. Y es que le era curioso el hecho de que en realidad parecía que ella lo prefería a él antes de que “al firme”, ya que cuando estaba con él y el otro llamaba, nunca optaba por contestar, porque cuando Alejandro quedaba en ir a verla y aparecía Flavio, ella cancelaba su encuentro a último momento y cuando él llegaba a algún lugar y Paola estaba ahí con Alejandro, ella lo dejaba de lado para ir a saludar a su “amiguito” y se quedaba con él el resto del rato mientras el pobre –e irritado, irritadísimo- Alejandro se quedaba en un rincón incrementando sus dudas, sus sospechas, sus odios.

Un buen día –en realidad un mal día o más bien, una mala noche- Paola hizo una fiesta en su casa. Flavio fue con algunos amigos. Todo transcurría normalmente, a excepción de que Alejandro estaba en la casa y esta vez, con toda la gente ahí, Paola debía seguir con la charada. Ahí estaba ella jodidamente acaramelada con el adornado Alejandro mientras en el otro extremo, Flavio les observaba con un cuba libre en la mano y era poseído por algo que nunca lo había poseído de ese modo: los celos más jodidos que sintió jamás. Sería pésimo que se le ocurra hacer una escena, no tenía “legitimidad para obrar”, no había una relación “real” entre Paola y él –al menos frente a los terceros-. Su verdadero enamorado era Alejandro. “Qué fea mierda”, pensaba mientras secaba su vaso.

Un poco más allá, estaba Ángela. Desde que llegó del país del sur, había sido una de las mejores amigas de Paola –o eso aparentaba-. Algo que era un poco evidente en ella era el interés que tenía hacia Flavio y hacia Alejandro –oh, ironía-. Flavio se acercó a ella y empezó a hacer conversación. Luego le ofreció entre risas acercarse al grupo con el que él estaba tomando. Cuando llegaron a esa parte de la sala sólo había un asiento vacío que él le ofreció, pero ella le pidió que sea él quien se siente, para luego sentarse sobre él. Era placentero tener a esa hermosa y sensual mujer sentada sobre él, coqueteándole abiertamente. Flavio prácticamente no hizo nada desde ese momento, ya que era ella quien ahora buscaba que se dé algo.

Cuando se besaron, Paola los vio a lo lejos y su ánimo cambió completamente. De estar alegre y tranquila, paso a estar invadida por los celos y la rabia. Sin embargo, mantuvo la compostura por un buen rato. No obstante la perdió por completo cuando vio como Flavio y Ángela salían juntos de la casa para subirse juntos a un taxi –considerando que Ángela vivía a la vuelta de la casa de Paola-. La situación de Paola y Flavio se había invertido ahora. Fue el primer punto de quiebre, pero aún debían suceder más cosas entre ellos dos.

Continuará...

Por Mario Bazzetti

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